Las letras nos reflejan una sonrisa, tristeza, intriga y la realidad con la que el ser humano triunfa, tropieza,
cae y vuele a levantarse con más fuerza
y ánimo para escribir su propia vida.
"Sé
fiel a las pequeñas cosas, porque en ellas yace tu fortaleza."
- Madre Teresa
"La
Fortaleza no viene de la capacidad física, sino de una voluntad
indomable." - Mahatma Gandhi
"La
autoestima y la confianza no vienen de tener siempre la razón,
sino de no tener miedo a equivocarse." - Peter T. Mcintyre
“Fija tus ojos hacia adelante en lo que puedes hacer, no hacia
atrás en lo que no puedes cambiar.” - Tom Clancy
“Si
quieres cambiar el mundo, tienes que empezar por cambiarte a ti mismo.”
- Sócrates
Al autor y orador Leo Buscaglia se le solicitó una vez que fuera parte del jurado en un concurso.
El propósito del concurso era encontrar al niño mas cariñoso.
El ganador fue un niño de 4 años, vecino de un anciano cuya esposa había fallecido recientemente.
El niño, al ver al anciano llorar en el patio de su casa, se acercó y se sentó en su regazo.
Cuando su mamá le preguntó qué le había dicho al vecino, el niño le contestó...
"Nada, sólo le ayudé a llorar".
La maestra Debbie Moon estaba estudiando con su grupo de primer grado la pintura de una familia.
En la pintura había un niño que tenía el cabello de color diferente al del resto de los miembros de la familia.
Uno de los niños del grupo sugirió que el niño de la pintura era adoptado. Entonces, una niña del grupo le dijo:
"Yo sé todo de adopciones porque yo soy adoptada".
“¿Qué significa ser adoptado?" preguntó otro niño.
"Significa“ - dijo la niña –
"que tú creces en el corazón de tu mamá en lugar de crecer en su vientre".
Tercera Historia
Metamorfosis
Por Jhon Fredy Rodríguez Méndez
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Una
impecable sala blanca, cuatro puestos con espejos iluminados, cepillos,
tijeras, máquinas, shampoos, tratamientos, pintalabios, lápices…: todo un kit deseable
para cualquier mujer. Es un salón de belleza en Zipaquirá, Cundinamarca, lleno
de colores vivos y aroma a cosméticos parecido al camerino de una estrella.
Puede
sonar cómico pero en este lugar por un momento me sentí famoso. Cinco minutos
imaginarios que terminaron al escuchar una voz en tono humilde: ¡Buenas tardes¡, ¿te puedo colaborar?.
Cada
mañana a las ocho Susana Gómez, de 42 años, piel morena, altura media y cabello
rojo incandescente, abre las puertas del camerino
--según lo llamo-- para barrer, trapear, limpiar los instrumentos, sonriente,
dando la bienvenida a los clientes del negocio de su propiedad.
Original
de una familia campesina que integraban doce personas, trabajadores,
sembradores de papa, yuca y maíz, Susana no siempre fue Susana. Primero fue
Carlos. Pero, de gusano débil arrastrado por el suelo, se convirtió en la mujer
de altura media, piel morena y cabello rojo.
Así
es su historia.
Un
miércoles a las cuatro de la tarde, en un momento de intenso trabajo en el
salón, llegué con mi mochila, un lápiz y la cámara, escuchando en el MP3 Bad Romance, canción inolvidable en la
historia musical. Subí las trece escaleras hasta el camerino, donde la vi concentrada en el corte a una jovencita.
Observé
la precisión con la que pasaba las tijeras por el cabello negro de la chica:
¡Hola Susana!, dije. Y ella, con su gran sonrisa y 30 segundos de interrupción
a su tarea respondió: ¡Hola!, ¡cómo estás, siéntate, ya te atiendo!.
Me
quité los audífonos y rodeé con la mirada el lugar: revistas, libros, pinturas,
diplomas e imágenes religiosas que despertaron mi curiosidad: Jesucristo, San
Gabriel, la Virgen
de Chiquinquirá y la Virgen
de Guadalupe, me inspiraron en un dos por tres, una pregunta para Susana en el
momento adecuado, cuando confiara en mí y le fluyera contarme su historia. El día
que llamé, el origen de la metamorfosis.
Faltaba
un cuarto para las cinco cuando saqué el cuaderno de apuntes mientras en el
equipo de una esquina se escuchaba a la neoyorquina Lady Gaga interpretando Born this way, que pone a bailar hasta
un emo.
“¡Me
encanta esta canción! es muy bonita, me hace sentir tan feliz que me pongo
hasta bailar”.
¿Por
qué? le pregunto: “Amo a la intérprete, me da fuerza”, responde mientras con un
inglés de particular pronunciación la llama, Born this waey.
Entiendo
su gusto por la artista que alcanzó reconocimiento en 2008 por las canciones
que rechazan el bully –discriminación- intercalados con raros sonidos. Susana
se identifica con ella, al quererse como es, a sabiendas de lo que implica la discriminación.
Tarareando
termina el corte, recibe el pago y comparte un cálido abrazo con la joven. Me
llama y sonriente, dice: “Jhon, espero no te de pena mi historia porque es fea,
y me cuesta recordar; me tienes paciencia”, advierte amable.
Subimos
al balcón en donde agrega: “serás espectador de una historia que no es como la
gente piensa”. En silencio, prendo la cámara. Susana se sienta, coge su cabello
con ambas manos y lo echa hacia atrás en un gesto que se me ocurre un símil de libertad.
Me ofrece un cigarrillo, prende el suyo, y nos lanzamos juntos a la historia de
su metamorfosis.
“Soy
trangenerista, no soy travesti –explica-. Ser travesti es ser hombre, vestirse
como mujer con órganos reproductivos masculinos; ser trangenerista es ser
mujer, sin órganos masculinos”.
“Desde
niño sentí el gusto natural por los hombres. Nací así. Desde los siete años supe
que me gustaban los hombres. No sabía qué pasaba. Me sentía un fenómeno dentro
de mi familia y entre los demás niños y niñas, con quienes corría por el campo,
porque no me gustaba jugar fútbol, ni pelear, ni decir groserías a las niñas. Desde
pequeña trabajaba con mi madre y mis hermanos en la casa, cultivando, ordeñando
y haciendo las actividades de una familia del campo, pero no me sentía del todo
bien. Me sentía como un pájaro encerrado en una jaula; fue algo duro, pero
claro, a esa edad no entendía, no sabía qué me pasaba”.
“Mi
familia se enteró por la psicóloga del colegio, a quien se le hacía raro mi
comportamiento, distinto del de la generalidad de los niños. Yo estaba en
tercero de primaria cuando mi madre se enteró. Fue algo feo, porque en ese
momento estaba muy afectada por la muerte de mi padre en un accidente
automovilístico. Mi madre no soportó la humillación que sentía por mí; por eso,
en dos años pasaron cosas feas, que me despertaron de la nube dulce y bonita
que supuestamente es la realidad”.
Susana
toma un descanso y respira profundo. Noto su tristeza y una expresión que nunca
había visto cuando nombra esa cosa fea que le pasó: “John, lo que pasó es que a
la edad de nueve años, mi madre me dijo: niña o niño pero así no. Cogió tres
pantalones y un saco, los metió en una caja, me sacó de la casa y me cerró la
puerta”.
Mientras
recordaba su rostro se apagó. Se perdió la gran sonrisa, y sobresalió la
inmensa tristeza en su mirada. Prendió otro cigarrillo.
¿Qué
hiciste en ese momento, Susana?. ¿Cómo fue tu vida a partir de entonces?.
“Dura.
No sabía para dónde ir y no tenía qué comer. Me fui a trabajar a una
construcción, a esa edad, y saqué una piecita. Sentía un dolor profundo en mi
alma. El colchón y las cobijas era mi ropa. Son cosas que a un niño nunca le
deberían de pasar”.
“Seguí
trabajando en construcción, y luego, me disfrazaba de gallina en supermercados como
publicidad de Doña Gallina”, recuerda con una renovada sonrisa: “Sobreviví y
claro, comencé a luchar por lo que más quería: ser mujer”.
El
diálogo se prolonga hasta los veinte cigarrillos cuando le pregunto a Susana:
¿Te sientes bien ahora?, ¡lograste tu sueño!. “Fue complicado y difícil pero
bueno, ¡si, soy muy feliz!”, me responde.
“Para
lograr mi sueño, el ahorro de los trabajos me sirvieron para irme de Zipaquirá
a Bogotá, donde formé mi primer salón de belleza, terminé la primaria y seguí
con la secundaria, estudiando de noche”.
Las
primeras sillas de su primer salón fueron cajas de mango forradas con papel contac en dos puestos con espejos. Nada
más. Con el tiempo compró sillas y demás implementos de un salón de belleza. A
los diecinueve años de edad, Carlos Gómez terminó sus estudios académicos y
comenzó a estudiar peluquería y belleza: “terminaba un curso y ya estaba en
otro”, recuerda. Por fin encontraba su manera de ser, su pasión, su talento y
por supuesto, se encontraba a sí mismo. Entonces enfatiza: “amo lo que hago. Mi
profesión es mi vida”.
Entonces
suelta una carcajada al recordar: “cuando mis hermanas se dormían, tipo ocho de
la noche, yo cogía sus muñecas para peinarlas, les hacia trenzas, las
maquillaba o las dejaba calvas, lo que a la mañana siguiente sorprendía a mis
hermanas porque no sabían quien le cogía sus muñecas. Desde entonces quería ser
estilista y lo logré”.
Son
las seis de la tarde, ya la luz del sol se va, llega la noche y gobierna la
luna. ¿Cómo fue tu transformación, qué hiciste”, pregunto. Con un rostro de pena responde: “aquí vamos”.
“Cuando
tenía veinte años, con el cabello largo, me maquillaba y usaba ropa de mujer, lo
que me trajo mucha discriminación social y golpizas de la policía, por el hecho
de cómo me vestía. En ese entonces hubo un concurso de maquillaje; me inscribí
y gracias a Dios quedé de segunda. Recibí buen dinero y conocí a un fotógrafo,
en ese mismo lugar, que fue mi gran compañía, un amor especial, cuando solo
había soledad. Conviví con él 12 años, hasta que, por problemas de celos, me
alejé”.
Entonces,
Susana logró un mejores ingresos: como Carlos trabajó como modelo en una revista
de ropa interior mixta, ganando en una jornada lo equivalente a un semana en
labores de construcción, o disfrazada de gallina.
Posición
económica que le permitió a Susana ser Susana. Voló y se sintió libre como la
mariposa. Esta etapa no fue fácil pero la superó. En busca de su sueño viajó a
Brasil en donde recibió tratamientos hormonales y psicológicos para estar
segura de lo que los cambios representarían.
A
las seis y cuarenta cinco de la tarde escuchamos los avances de las noticias en
la TV del camerino. Entonces Susana me dice: “se
pasó el tiempo rápido”, mientras toca su cabello rojo con suavidad, agrega: “estoy
feliz de ser cómo soy. Estoy feliz de que a pesar del rechazo de mi madre, hoy me
ama y me acepta. Estoy feliz de volver a mi cuidad. Y sin embargo, no me siento
feliz desde la óptica del corazón”.
Vuelvo
a evidenciar la soledad con la que vive diariamente, porque el amor, cariño y
compañía se apartan de su mundo y se convierte en la realidad oscura que, al
parecer, la acompañarían para el resto de su vida. ¿Por qué?, pregunto. “Porque
a pesar de haberme transformado, me ven como hombre, como objeto sexual y ya.
Algo que me pone muy mal, porque imagínate, me hice muchas cosas para ser
mujer, para ser tratada como reina, pero
de nada sirvió, y ahora, a mis cuarenta y dos años, me hace falta un amor. Pero bueno, sola pero no
necesitada”, agrega en preámbulo a una sonora carcajada.
Llegan
las siete de la noche. Entonces ni corto ni
perezoso, digo: ¿Susana que ha sido lo más feliz que te ha pasado en tu
vida?. Y ella, sin pensarlo responde: “compartir con mi madre navidades, años
nuevos, hacer compras y, claro, sentir el cariño que por muchos años guardé por
ella”.
¿Que
te hizo muy triste?, le pregunto sin que ahora tenga la certeza de si hice
bien. Porque en ese momento con un nudo en la garganta y lágrimas que bajaban
por su piel morena, me responde: “No puedo decirlo. Me duele todavía. No lo he
superado”.
Entonces
su luz, su amabilidad, su fuerza y su pelo rojo parecen apagarse en un silencio
largo de solo tres minutos. Yo, me sentí mal; como si la hubiera discriminando.
Sentí su dolor como si fuera mío, su soledad como si fuera mi oscuridad, su
tristeza como mis miedos, sus lágrimas en mis ojos.
Un
momento inolvidable reflejo de lo valioso del apoyo, de ser una persona capaz
de sentir el dolor de los demás. Con un fuerte abrazo le compartí mi admiración.
Sentí que el mundo no es siempre como la gente piensa. Para mí, Susana no es un fenómeno sino una luchadora, un ser especial.
De basura para la sociedad, para mí es cultura y libertad. Se lo digo: que la admiro
por lo logrado, que la considero un ejemplo de superación y lucha, cuando la
metamorfosis está completa.
La
mariposa, lejos de la segregación y el odio, sentía la libertad que por mucho
tiempo le fue esquiva. Y saco del barrilete la última curiosidad sobre las
imágenes religiosas. Sin pena me responde: “amo a Dios y a todos mis santos.
Siempre he confiado en ellos. Nunca me dejaron sola en los momentos feos. Tengo
fe y Dios, mi mayor fuerza y compañía toda mi vida. Si tuviera que nacer otra
vez, nacería de nuevo como soy y Dios me apoyaría siempre. Libre de temores,
miedos, rechazos, golpes recibidos por ser diferente, Susana cumple su
metamorfosis al estilo, Born this way.

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