jueves, 11 de octubre de 2012

Letras Emotivas



Las letras nos reflejan una sonrisa, tristeza, intriga  y la realidad  con la que el ser humano triunfa, tropieza, cae  y vuele a levantarse con más fuerza y ánimo para escribir su propia vida. 


"Sé fiel a las pequeñas cosas, porque en ellas yace tu fortaleza." - Madre Teresa



"La Fortaleza no viene de la capacidad física, sino de una voluntad indomable." - Mahatma Gandhi

"Ganamos la fortaleza de lo que aprendemos a vencer." - Ralph Waldo Emerson



"La autoestima y la confianza no vienen de tener siempre la razón, sino de no tener miedo a equivocarse." - Peter T. Mcintyre


“Fija tus ojos hacia adelante en lo que puedes hacer, no hacia atrás en lo que no puedes cambiar.” - Tom Clancy


“Si quieres cambiar el mundo, tienes que empezar por cambiarte a ti mismo.” - Sócrates





Al autor y orador Leo Buscaglia se le solicitó una vez que fuera parte del jurado en un concurso.

El propósito del concurso era encontrar al niño mas cariñoso.

El ganador fue un niño de 4 años, vecino de un anciano cuya esposa había fallecido recientemente.

El niño, al ver al anciano llorar en el patio de su casa, se acercó y se sentó en su regazo.

Cuando su mamá le preguntó qué le había dicho al vecino, el niño le contestó...

"Nada, sólo le ayudé a llorar".




La maestra Debbie Moon estaba estudiando con su grupo de primer grado la pintura de una familia.

En la pintura había un niño que tenía el cabello de color diferente al del resto de los miembros de la familia.

Uno de los niños del grupo sugirió que el niño de la pintura era adoptado. Entonces, una niña del grupo le dijo:

"Yo sé todo de adopciones porque yo soy adoptada".

“¿Qué significa ser adoptado?" preguntó otro niño.

"Significa“ - dijo la niña –

"que tú creces en el corazón de tu mamá en lugar de crecer en su vientre".



                                             Tercera Historia 
  
Metamorfosis
                                    
Por  Jhon Fredy Rodríguez Méndez



Una impecable sala blanca, cuatro puestos con espejos iluminados, cepillos, tijeras, máquinas, shampoos, tratamientos, pintalabios, lápices…: todo un kit deseable para cualquier mujer. Es un salón de belleza en Zipaquirá, Cundinamarca, lleno de colores vivos y aroma a cosméticos parecido al camerino de una estrella.

Puede sonar cómico pero en este lugar por un momento me sentí famoso. Cinco minutos imaginarios que terminaron al escuchar una voz en tono humilde: ¡Buenas tardes¡, ¿te puedo colaborar?.

Cada mañana a las ocho Susana Gómez, de 42 años, piel morena, altura media y cabello rojo incandescente, abre las puertas del camerino --según lo llamo-- para barrer, trapear, limpiar los instrumentos, sonriente, dando la bienvenida a los clientes del negocio de su propiedad.

Original de una familia campesina que integraban doce personas, trabajadores, sembradores de papa, yuca y maíz, Susana no siempre fue Susana. Primero fue Carlos. Pero, de gusano débil arrastrado por el suelo, se convirtió en la mujer de altura media, piel morena y cabello rojo.

Así es su historia.

Un miércoles a las cuatro de la tarde, en un momento de intenso trabajo en el salón, llegué con mi mochila, un lápiz y la cámara, escuchando en el MP3 Bad Romance, canción inolvidable en la historia musical. Subí las trece escaleras hasta el camerino, donde la  vi concentrada en el corte a una jovencita.

Observé la precisión con la que pasaba las tijeras por el cabello negro de la chica: ¡Hola Susana!, dije. Y ella, con su gran sonrisa y 30 segundos de interrupción a su tarea respondió: ¡Hola!, ¡cómo estás, siéntate, ya te atiendo!.

Me quité los audífonos y rodeé con la mirada el lugar: revistas, libros, pinturas, diplomas e imágenes religiosas que despertaron mi curiosidad: Jesucristo, San Gabriel, la Virgen de Chiquinquirá y la Virgen de Guadalupe, me inspiraron en un dos por tres, una pregunta para Susana en el momento adecuado, cuando confiara en mí y le fluyera contarme su historia. El día que llamé, el origen de la metamorfosis.

Faltaba un cuarto para las cinco cuando saqué el cuaderno de apuntes mientras en el equipo de una esquina se escuchaba a la neoyorquina Lady Gaga interpretando Born this way, que pone a bailar hasta un emo.

“¡Me encanta esta canción! es muy bonita, me hace sentir tan feliz que me pongo hasta bailar”.
¿Por qué? le pregunto: “Amo a la intérprete, me da fuerza”, responde mientras con un inglés de particular pronunciación la llama, Born this waey.

Entiendo su gusto por la artista que alcanzó reconocimiento en 2008 por las canciones que rechazan el bully –discriminación- intercalados con raros sonidos. Susana se identifica con ella, al quererse como es, a sabiendas de lo que implica la discriminación.
Tarareando termina el corte, recibe el pago y comparte un cálido abrazo con la joven. Me llama y sonriente, dice: “Jhon, espero no te de pena mi historia porque es fea, y me cuesta recordar; me tienes paciencia”, advierte amable. 

Subimos al balcón en donde agrega: “serás espectador de una historia que no es como la gente piensa”. En silencio, prendo la cámara. Susana se sienta, coge su cabello con ambas manos y lo echa hacia atrás en un gesto que se me ocurre un símil de libertad. Me ofrece un cigarrillo, prende el suyo, y nos lanzamos juntos a la historia de su metamorfosis.

“Soy trangenerista, no soy travesti –explica-. Ser travesti es ser hombre, vestirse como mujer con órganos reproductivos masculinos; ser trangenerista es ser mujer, sin órganos masculinos”.

“Desde niño sentí el gusto natural por los hombres. Nací así. Desde los siete años supe que me gustaban los hombres. No sabía qué pasaba. Me sentía un fenómeno dentro de mi familia y entre los demás niños y niñas, con quienes corría por el campo, porque no me gustaba jugar fútbol, ni pelear, ni decir groserías a las niñas. Desde pequeña trabajaba con mi madre y mis hermanos en la casa, cultivando, ordeñando y haciendo las actividades de una familia del campo, pero no me sentía del todo bien. Me sentía como un pájaro encerrado en una jaula; fue algo duro, pero claro, a esa edad no entendía, no sabía qué me pasaba”.

“Mi familia se enteró por la psicóloga del colegio, a quien se le hacía raro mi comportamiento, distinto del de la generalidad de los niños. Yo estaba en tercero de primaria cuando mi madre se enteró. Fue algo feo, porque en ese momento estaba muy afectada por la muerte de mi padre en un accidente automovilístico. Mi madre no soportó la humillación que sentía por mí; por eso, en dos años pasaron cosas feas, que me despertaron de la nube dulce y bonita que supuestamente es la realidad”.

Susana toma un descanso y respira profundo. Noto su tristeza y una expresión que nunca había visto cuando nombra esa cosa fea que le pasó: “John, lo que pasó es que a la edad de nueve años, mi madre me dijo: niña o niño pero así no. Cogió tres pantalones y un saco, los metió en una caja, me sacó de la casa y me cerró la puerta”.

Mientras recordaba su rostro se apagó. Se perdió la gran sonrisa, y sobresalió la inmensa tristeza en su mirada. Prendió otro cigarrillo.
¿Qué hiciste en ese momento, Susana?. ¿Cómo fue tu vida a partir de entonces?.  
“Dura. No sabía para dónde ir y no tenía qué comer. Me fui a trabajar a una construcción, a esa edad, y saqué una piecita. Sentía un dolor profundo en mi alma. El colchón y las cobijas era mi ropa. Son cosas que a un niño nunca le deberían de pasar”.

“Seguí trabajando en construcción, y luego, me disfrazaba de gallina en supermercados como publicidad de Doña Gallina”, recuerda con una renovada sonrisa: “Sobreviví y claro, comencé a luchar por lo que más quería: ser mujer”.

El diálogo se prolonga hasta los veinte cigarrillos cuando le pregunto a Susana: ¿Te sientes bien ahora?, ¡lograste tu sueño!. “Fue complicado y difícil pero bueno, ¡si, soy muy feliz!”, me responde.
“Para lograr mi sueño, el ahorro de los trabajos me sirvieron para irme de Zipaquirá a Bogotá, donde formé mi primer salón de belleza, terminé la primaria y seguí con la secundaria, estudiando de noche”.

Las primeras sillas de su primer salón fueron cajas de mango forradas con papel contac en dos puestos con espejos. Nada más. Con el tiempo compró sillas y demás implementos de un salón de belleza. A los diecinueve años de edad, Carlos Gómez terminó sus estudios académicos y comenzó a estudiar peluquería y belleza: “terminaba un curso y ya estaba en otro”, recuerda. Por fin encontraba su manera de ser, su pasión, su talento y por supuesto, se encontraba a sí mismo. Entonces enfatiza: “amo lo que hago. Mi profesión es mi vida”.

Entonces suelta una carcajada al recordar: “cuando mis hermanas se dormían, tipo ocho de la noche, yo cogía sus muñecas para peinarlas, les hacia trenzas, las maquillaba o las dejaba calvas, lo que a la mañana siguiente sorprendía a mis hermanas porque no sabían quien le cogía sus muñecas. Desde entonces quería ser estilista y lo logré”.

Son las seis de la tarde, ya la luz del sol se va, llega la noche y gobierna la luna. ¿Cómo fue tu transformación, qué hiciste”, pregunto.  Con un rostro de pena responde: “aquí vamos”.
“Cuando tenía veinte años, con el cabello largo, me maquillaba y usaba ropa de mujer, lo que me trajo mucha discriminación social y golpizas de la policía, por el hecho de cómo me vestía. En ese entonces hubo un concurso de maquillaje; me inscribí y gracias a Dios quedé de segunda. Recibí buen dinero y conocí a un fotógrafo, en ese mismo lugar, que fue mi gran compañía, un amor especial, cuando solo había soledad. Conviví con él 12 años, hasta que, por problemas de celos, me alejé”.

Entonces, Susana logró un mejores ingresos: como Carlos trabajó como modelo en una revista de ropa interior mixta, ganando en una jornada lo equivalente a un semana en labores de construcción, o disfrazada de gallina.

Posición económica que le permitió a Susana ser Susana. Voló y se sintió libre como la mariposa. Esta etapa no fue fácil pero la superó. En busca de su sueño viajó a Brasil en donde recibió tratamientos hormonales y psicológicos para estar segura de lo que los cambios representarían.

A las seis y cuarenta cinco de la tarde escuchamos los avances de las noticias en la TV del camerino. Entonces Susana me dice: “se pasó el tiempo rápido”, mientras toca su cabello rojo con suavidad, agrega: “estoy feliz de ser cómo soy. Estoy feliz de que a pesar del rechazo de mi madre, hoy me ama y me acepta. Estoy feliz de volver a mi cuidad. Y sin embargo, no me siento feliz desde la óptica del corazón”.

Vuelvo a evidenciar la soledad con la que vive diariamente, porque el amor, cariño y compañía se apartan de su mundo y se convierte en la realidad oscura que, al parecer, la acompañarían para el resto de su vida. ¿Por qué?, pregunto. “Porque a pesar de haberme transformado, me ven como hombre, como objeto sexual y ya. Algo que me pone muy mal, porque imagínate, me hice muchas cosas para ser mujer, para  ser tratada como reina, pero de nada sirvió, y ahora, a mis cuarenta y dos años, me  hace falta un amor. Pero bueno, sola pero no necesitada”, agrega en preámbulo a una sonora carcajada.

Llegan las siete de la noche. Entonces ni corto ni  perezoso, digo: ¿Susana que ha sido lo más feliz que te ha pasado en tu vida?. Y ella, sin pensarlo responde: “compartir con mi madre navidades, años nuevos, hacer compras y, claro, sentir el cariño que por muchos años guardé por ella”.

¿Que te hizo muy triste?, le pregunto sin que ahora tenga la certeza de si hice bien. Porque en ese momento con un nudo en la garganta y lágrimas que bajaban por su piel morena, me responde: “No puedo decirlo. Me duele todavía. No lo he superado”.
Entonces su luz, su amabilidad, su fuerza y su pelo rojo parecen apagarse en un silencio largo de solo tres minutos. Yo, me sentí mal; como si la hubiera discriminando. Sentí su dolor como si fuera mío, su soledad como si fuera mi oscuridad, su tristeza como mis miedos, sus lágrimas en mis ojos.

Un momento inolvidable reflejo de lo valioso del apoyo, de ser una persona capaz de sentir el dolor de los demás. Con un fuerte abrazo le compartí mi admiración. Sentí que el mundo no es siempre como la gente piensa. Para mí, Susana no es un  fenómeno sino una luchadora, un ser especial. De basura para la sociedad, para mí es cultura y libertad. Se lo digo: que la admiro por lo logrado, que la considero un ejemplo de superación y lucha, cuando la metamorfosis está completa.

La mariposa, lejos de la segregación y el odio, sentía la libertad que por mucho tiempo le fue esquiva. Y saco del barrilete la última curiosidad sobre las imágenes religiosas. Sin pena me responde: “amo a Dios y a todos mis santos. Siempre he confiado en ellos. Nunca me dejaron sola en los momentos feos. Tengo fe y Dios, mi mayor fuerza y compañía toda mi vida. Si tuviera que nacer otra vez, nacería de nuevo como soy y Dios me apoyaría siempre. Libre de temores, miedos, rechazos, golpes recibidos por ser diferente, Susana cumple su metamorfosis al estilo, Born this way. 
















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